Parar la pelota, levantar la vista, volver al juego profesional

Por Gustavo Gibert

Hace unos meses publiqué un artículo llamando a volver a confiar en nuestro hacer profesional, para cultivarlo, ponerlo en valor, reconectarlo con el contexto; aun cuando éste es evidentemente incierto, veloz, poco legible. Angustiante y adverso. No hay porqué forzar omisiones.

Mucho hay escrito y difundido sobre los procesos de cambio en las grandes organizaciones y en las plataformas de gobierno. Palabras como: planificación, estrategia, largo plazo, cambio estructural, hoja de ruta e implementación, usualmente son reservadas al terreno del mundo corporativo. Con suerte al de las pymes y organizaciones sociales, cuando las instituciones públicas u organismos internacionales arriman estos lenguajes y recursos a la gente de a pie. 

La cuestión del cambio planificado aparece en el orden de los anhelos como de la exigencia de que la razón puede -y debe- ordenar las voluntades y dibujar un camino hacia dónde marchar. Sin entrar en los fundamentos sobre si estos deseos son de la órbita dirigencial o del conjunto de los miembros de las organizaciones, si se pueden cumplir -y bajo qué condiciones-, prefiero detenerme en señalar que, en el terreno organizacional, el diseño de futuro es una premisa socialmente aceptada y necesaria. Aunque me animo a decir que muchas veces es más proclamada que factible.


Aterrizar sobre nosotros y nosotras

En contraste, en el terreno de la atención a los procesos de cambio personal, parece haber una sobreoferta en el plano de las terapias, enfocadas en el sentir o en la exploración del inconsciente. Su objetivo es la sanación o más ampliamente el bienestar de las personas; propósito noble, delicado y que debe perseguirse con rigurosidad; muchas veces condición previa y necesaria para la toma de decisiones de fondo. Pero el problema profesional aquí es un emergente más, solapado con muchos otros malestares -con los que habitualmente se conecta-, cuyo abordaje no conduce necesariamente a la clarificación de horizontes y objetivos productivos materializables.

En otro carril, existe una batería de dispositivos que, sin ahondar en las profundidades del ser, buscan dar soporte para mejorar la posición profesional o las posibilidades de emplearse: desarrollo de carrera, cazadores de talento, formación profesional, etc. Éstos -en términos estilizados- se concentran en una lógica consistente en identificar tendencias del mercado laboral para dar con “el match” que permita ubicar a los cuerpos con sus saberes allí donde haya una ola de demanda para barrenar unos años. 

Finalmente, los dispositivos de orientación vocacional abren una zona interesante explorando la conexión de deseos, la trayectoria educativa, la personalidad, el entorno vincular, aspectos introspectivos y sensibles, con el terreno práctico y de toma de decisiones sobre el futuro. Herramienta reservada generalmente a la juventud -al menos en el imaginario social- y, dicho sea de paso, a quienes tienen posibilidad de elegir, probar y sostener sus opciones (especialmente cuando la institucionalidad pública no está o flaquea). Una vez puesto la o él joven en el andarivel de la carrera elegida, parece disiparse la pertinencia de la orientación, allí donde el rumbo y el ritmo lo marcan la institución formadora o la inserción a las primeras experiencias laborales.

No obstante, quien haya llegado hasta aquí en la lectura y esté en la traza de mi algoritmo, posiblemente no esté en los veintis, sino más bien promediando los cuarentis, cincuentis, sesentis. Pero también con disyuntivas, caminos que se bifurcan, encerronas profesionales, en un clima económico y social que parece replegarnos a la sobrevivencia más que a la proyección de la vida productiva.


Reordenar el hogar profesional para volver al juego

Tras largos años de ejercicio consciente de la profesión, se llega a un terreno de dominio de saberes y habilidades del propio campo. Una madurez que libera al intelecto de la preocupación por el control técnico, para abrir nuevamente una zona indeterminada de decisión sobre el porvenir.

Es aquí donde es posible parar la pelota: retroceder para leer lo que sabemos hacer, que alguna vez elegimos -y sostuvimos largos años- para interrogarlo. Su resignificación exige levantar la vista, en torno a las nuevas condiciones del contexto social y técnico, pero también del momento vital y el espacio vincular, pudiendo ser transformado, pulido, reorientado, dirigido a un futuro posible y deseable, no exento de exigencias, disputas y desgarramientos. Llamo a esto, el diseño de horizontes profesionales-vitales, operación que supone revisar y reordenar la propia trayectoria, seleccionar experiencias y aspiraciones, para construir estrategias de reposicionamiento de largo aliento.En el reordenamiento prospectivo de los recursos profesionales que hemos cultivado hasta aquí, alineado con los deseos para el ciclo vital por venir -más que en la desesperada búsqueda de upgrades técnicos para subirse al cambio tecnológico en curso- hay una clave de autodefensa que puede resultar altamente estimulante y eficaz para desplegar una nueva fase de desarrollo personal sustentable en un mundo incierto.

El giro de rediseño de futuro en este terreno, no es una micro-pausa de hidratación para incrementar nuestra propia comercialización, sino un buen y justo entretiempo para proyectar la mitad de la vida profesional que queda por vivir, de manera renovada, con convicción y solvencia

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Cuando el algoritmo no alcance, yo vendré a ofrecer mi profesión