Cuando el algoritmo no alcance, yo vendré a ofrecer mi profesión

Por Gustavo Gibert

Que la profesión sea un vehículo de movilidad social hace tiempo que está puesto en duda, aunque no lo sabemos a ciencia cierta. Con aquella expectativa nos hemos formado con esfuerzo. Enfrentamos dudas profundas en la primera juventud; pudimos sortearlas. Entramos al mercado laboral y alcanzamos, hasta cierto punto, algún reconocimiento y alguna posición. Acumulamos, mientras tuvimos espacio en el disco o hasta que el contexto lo permitió. 

No lo advertimos, pero desarrollamos éticas particulares, espacios de colaboración. También tensiones que perduran, anudadas. Aun así, ejercemos nuestra profesión con altruismo. La profesional de la salud persevera en buscar el bienestar del paciente, aun cuando -en ocasiones- la complejidad de su contexto le genere sensaciones de impotencia. El diseñador, quiere integrar y hacer accesible lo complejo. La ingeniera, optimizar, aún cuando las normas de producción de la empresa que la emplea dejen poco margen para innovar. La científica, descubrir, comprender, explicar; contribuir y hacer un aporte -experto- a la sociedad. El artista, conmover, provocar, conectar. Cada uno y una, con su ancla en lo que sabe. 

Tras 15, 20, 30 años de desarrollo, nuestra identidad y dominios profesionales se han forjado, así como nuestros anhelos. Logramos una rutina, al menos por períodos. Desde ahí buscamos pilotear los asuntos familiares y operar en el mundo. Dominamos lo que hacemos, tanto como nos cuesta asimilar nuevas destrezas, atrevernos a nuevos desafíos o ponernos en valor. 

Entretanto, el devenir histórico se despliega imprevisible y veloz, en planos múltiples. Los gobiernos, la ciudad, el cambio técnico y tecnológico, la tensión mundial. Atravesamos una cuarentena; sentimos cerca la muerte. Volvimos a salir, en piloto automático, con nuestra mochila profesional a cuestas, sin objetivos más que volver a poner en marcha y reconstruir lo que sabemos hacer. Tras unos años de andar de nuevo, quedamos varados en el loop algorítmico de las redes. Paramos, pero nunca nos detenemos. Nuestras prácticas siguen vivas pero algo relegadas, cansinas. 

Advertir la transformación social y la tensión de ésta con nuestro recorrido profesional es posible cuando reconocemos que hemos desarrollado el oficio. Nuestro orgullo, placer y medio de vida están en la encrucijada. Y no es solo cuestión de IA.

¿Qué desafíos profesionales podemos enfrentar cuando ya dominamos la técnica que supimos transpirar? ¿Cómo y desde qué lugar conectar con una sociedad y un mercado que sabemos que cambió, pero no logramos leer, desde una piel profesional que ya no es la de aquel o aquella joven en formación?

El ejercicio profesional más allá de la técnica


La tensión entre el saber, los sistemas productivos y la organización social fue estudiada por la sociología, la historia, algunas corrientes económicas y la filosofía. Son muchos los ejemplos en los que la transformación tecnológica y social puso en cuestión a los oficios; también las respuestas sociales a esta tensión. Las cofradías de oficios se formaron en las ciudades del medioevo -entre otras cosas- como defensa ante la competencia foránea y en la búsqueda por regular determinadas actividades. En Estados Unidos, en la antesala de la segunda revolución industrial, el oficio -al decir de Benjamin Coriat- fue blanco de ataque por parte del taylorismo, así como era punto de apoyo del poder obrero. En el último cuarto del siglo XX, el conocimiento artesanal volvió a ponerse en valor con el toyotismo, en busca de saldar los problemas de calidad propios de la cadena de montaje fordista. En estos días, tantísimas capacidades intelectuales de diseño, desarrollo y análisis parecen estar en pleno proceso de desplazamiento por parte de la inteligencia artificial.

En Argentina, el ejercicio profesional se tensiona al compás de los ciclos interrumpidos de desarrollo y al calor de las crisis institucionales, políticas, presupuestarias y de consumo. El 2001 empujó a arquitectos e ingenieros a subirse al taxi. ¿Cuántos profesionales completan con el Uber hoy?

Richard Sennett en El artesano señala que “[L]os problemas éticos del oficio hacen su aparición cuando se alcanza la maestría.[…] En diferentes momentos de la historia occidental, la actividad práctica ha sido degradada, se la ha divorciado de objetivos supuestamente superiores. La habilidad técnica ha sido desterrada de la imaginación […] y el orgullo del trabajo propio considerado como un lujo. Si el artesano se destaca por ser una persona comprometida, sus aspiraciones e intentos reflejarán estos problemas generales del pasado y el presente”. En este lugar de tensión parecieran estar nuestras profesiones y el lugar de generación de valor en el que en algún momento decidimos pararnos.

Horizontes, más allá del destino y las condiciones de la época


El ser profesional en ocasiones se confronta con crisis de sobre-maduración, de ingresos y de límites de perforación del techo laboral, en el contexto de ejercicio libre, institucional o empresarial. Allí, cuando el ejercicio deviene en pura táctica, sin estrategia ni perspectiva, más que la sobrevivencia económica. Que no es poco.

El devenir histórico no podemos detenerlo, tampoco escapar a la época. Pero sí es posible acomodar la lente a nuestro viaje profesional para mirar reflexivamente nuestro oficio en perspectiva. Reconocerlo en nuestra transformación vital y contexto social y de mercado, es un paso fundamental para redefinir la relación con lo que sabemos hacer, deseamos ligar y valorizar con lo que nos rodea.

Recuperar la conversación y cultivar el pensamiento sobre el hacer profesional es tan justo como necesario, a contracorriente de la incertidumbre reinante en la que viven nuestras carreras. Reencontrarse con el método, la rutina del aprendizaje y diseñar horizontes que nos dispongan al terreno de desafíos, puede ser un giro estratégico para la puesta en valor de nuestro hacer y pensar.