Desencallarse y encontrar el rumbo: lugares comunes y tres hipótesis de trabajo
Por Gustavo Gibert
Joven, estudiante, se inicia como ayudante en la facultad. Se gradúa y consigue un puesto de analista. Tras unos años de experiencia y buenas relaciones, coordina a su equipo. Cambia la gestión y le proponen asumir una dirección. Duda, pero toma el desafío. Al cabo de unos años, tiene un desempeño relativamente exitoso, reconocimiento de sus colegas y autoridades; también, de otras instituciones y algunas empresas. Forma pareja (o no); saca(n) un crédito; compra(n) un departamentito. Fin de otra gestión y the time is over.
Consigue un trabajo en un centro de estudios para navegar un tiempo incierto. Llegan una o dos hijas, la crianza. El trabajo queda o no en cuestión, pero algo queda claro con el diario del lunes: fueron años de sobrevivencia, amor y tensión. Ahora siente que ha logrado cierta estabilidad, o más bien solidez; no necesariamente económica, sino por haberse asentado en algo que sabe hacer muy bien. Tiene ya dos décadas de recorrido (“¡ah la pucha!”), responsabilidades asumidas y posgrados en el haber. Presiente todo ello, que contrasta con algo de aburrimiento, falta de tiempo y un clima social incierto por donde lo mire. Pero la vida sigue y se viene encima -si no entramos ya- la segunda mitad, con suerte. O sin; quién sabe.
Hipótesis 1. Hay un momento en que, por h o por b, el desenvolvimiento se encalla y no hay otra que ir “hasta el hondo bajo fondo”.
En la carrera profesional hay acumulación, escollos y desafíos. Muchas veces -por no decir siempre- en alguna etapa de quienes pueden y organizan su reproducción en torno a la profesión, ésta entra en crisis como producto de quiebres convergentes: personales, organizacionales y sociales. Cuando descubrimos que dominamos el oficio y ahora qué… Cuando los espacios en los que nos hemos desarrollado dejaron de ser estimulantes. Cuando el contexto tecnológico y económico muta y disloca las formas de generación y transacción de valor.
Más que un parate o una deriva, es una suerte de encallamiento, cuya desobstrucción requiere de la remoción del sedimento profesional y vincular acumulado, poco visible en la superficie.
Hipótesis 2. Cuando los espacios en los que nos forjamos dejan de ser tierra fértil, en la re-lectura de nuestra experiencia y anhelos está el material para construir nuevos horizontes vitales.
Una porción enorme de profesionales desarrolla gran parte de su devenir laboral en organizaciones, que otorgan un marco de estabilidad relativa y se convierten en el medio reproducción económica y de vínculos de aprendizaje, más o menos virtuosos. Por períodos largos, la vida se mueve al compás de las tramas que la albergan y delimitan la frontera de desarrollo técnico y de relacionamiento personal, desde las posiciones que toca asumir, de manera buscada o como aquello que pareciera venir dado. Pero hay momentos en que el contexto se trastoca: reestructuraciones, achicamiento, privatización, fusión, ajuste, etc.; o bien de cierta limitación de lo que una organización tiene para dar en términos de retribuciones materiales o simbólicas. El espacio en el que nos formamos puede dejar de dar frutos o perder fertilidad.
Situación angustiante, que en ocasiones se vive como acuciante, en el orden del “Estás desorientado y no sabés qué trole hay que tomar para seguir. Y en ese desencuentro con la fe, querés cruzar el mar y no podés”. Pero paremos un cachito. Ampliemos la perspectiva y enrosquémonos. Paciencia, que esto está prescripto. ¡A ver este prospecto!
Reinhart Koselleck explica que en el tiempo histórico -entendido como “la temporalidad del hombre”- la experiencia y la expectativa, entrecruzan el pasado y el futuro y dirigen las unidades concretas de acción en la ejecución del movimiento. El tiempo histórico y su percepción va cambiando con la historia, “cuya modificación se podría deducir de la coordinación entre experiencia y expectativa” (Koselleck, 1993, p.337). Es decir, que la percepción de nuestro tiempo no es estática, sino que cambia, de acuerdo a cómo reconstruimos nuestro recorrido y construimos nuevas visualizaciones posibles de futuro. “La experiencia es un pasado presente, cuyos acontecimientos han sido incorporados y pueden ser recordados”. La expectativa, en cambio, es futuro hecho presente, hoy; “apunta al todavía-no, a lo no experimentado, a lo que solo se puede descubrir. Esperanza y temor, deseo y voluntad, la inquietud pero también el análisis racional, la visión receptiva o la curiosidad forman parte de la expectativa y la constituyen” (p. 338). “El pasado y el futuro no llegan a coincidir nunca, como tampoco se puede deducir nunca totalmente una expectativa a partir de la experiencia. Una vez reunida, una experiencia es tan completa como pasados son sus motivos, mientras que la experiencia futura, la que se va a hacer, anticipada como expectativa se descompone en una infinidad de trayectos temporales diferentes” (p.339). Un jardín de senderos que se bifurcan. (Gracias, Jorge Luis; nos conocemos poco, pero tu cuento me viene al pelo que me falta. Lo tomo).
Hipótesis 3. Para definir un nuevo horizonte profesional hay que atreverse a descubrir y librar la batalla entre estereotipos aspiracionales que habitan nuestro teatro interior.
Llegado este punto de orden y desbarranco, me encantaría tener espalda para citar a Shakespeare o a la estructura narrativa de la tragedia griega (y, más acá, si estuviera Horacio González y tuviera acceso, seguro me daría una mano, por más terrenal que le pudiera parecer este drama). Trataré de explicarme en mi lengua.
Volvamos al encallamiento, allí donde resuena la ficha que cae: “Mi cotidiano está dislocado de lo que viví, de mis logros y esfuerzos. Porque no es justo este momento, no lo merezco. Si yo, en cambio, pudiera ser esto… pero también aquello; si hace tiempo hice un laburo que me encantó, que después se cortó y no sé por qué. ¿Y si lo llamo a Mengano y le propongo hacer algo juntos?”. Aparecen opciones, alternativas, chances, como cañitas voladoras que vienen del pasado y, hacia adelante, iluminan futuritos, que se alternan, escapan y se esfuman. La dificultad está en poder visualizar un futuro agradable y desafiante, pero también posible, estimulante, sostenible anímica y económicamente. Algún horizonte que vuelva a permitir redirigir la experiencia y proyectarla en el largo aliento, para arrojarse a lo nuevo, sin que ello suponga saltar al vacío.
Para a Koselleck “Horizonte quiere decir aquella línea tras de la cual se abre en el futuro un nuevo espacio de experiencia, aunque aún no se pueda contemplar. La posibilidad de describir el futuro choca, a pesar de los pronósticos posibles, contra el límite absoluto, porque no es posible llegar a experimentarla. [L]o que se espera para el futuro está limitado [...] de otro modo de lo que se ha sabido ya en el pasado (p.340).
En momentos de encallamiento, la expectativa del encallado/a se presenta en tensión, ambivalente y dubitante. Lo deseable aparece como la representación superpuesta de estereotipos aspiracionales (modelos de éxito), a partir de retazos, recuerdos fragmentarios, de la experiencia laboral y anhelos sin realizar. ¿Es posible salir de esta suerte de encerrona? Una estrategia está en la indagación sistemática y recursiva para reconocer y construir los estereotipos profesionales de fuerte identificación. La pregunta sobre las experiencias profesionales de largo aliento deja entrever distintos roles que se han asumido en el devenir y han dejado rastros. Opciones que se han tomado, consciente o fortuitamente, senderos que se van dejando atrás, sea por deseo o por necesidad.
Identificar esos roles realizados o buscados, ponerlos de manifiesto y re-proyectarlos, poniéndolos en tensión, permite reordenar esos caminos que resultan una encrucijada en la persona, para construir salidas posibles divergentes, posibles de ser ponderadas y seleccionadas.
La tarea es encontrar el modo para dejar de disipar la energía y concentrarla en opciones deseadas que resulten estratégicas, donde la profesión vuelva a hacer eje como medio y finalidad de vida donde volver a sembrar.
Troilo (Música) y Castillo (Letra) (1956): “La última curda”.
Troilo, A. (Música) y Castillo, C. (Letra) (1962): “Desencuentro”.
Kosselleck, R. (1993). “’Espacio de experiencia’ y ‘horizonte de expectativa’. Dos categorías históricas. En Futuro pasado. Para una semántica de los tiempos históricos. Paidós. Barcelona, Buenos Aires, México. (pp. 333-357)
Borges, J. L. (1956 / 1996). “El jardín de senderos que se bifurcan”. En J. L. Borges, Ficciones. Emecé. Buenos Aires. (pp. 127-149).